En ocasiones los niños e incluso los adultos bloqueamos la expresión de las emociones dolorosas por miedo a que los que están a nuestro alrededor dejen de querernos o se incomoden por nuestra «debilidad». Sin embargo el llanto o la pataleta son procesos naturales de recuperación mental y emocional.

Para una buena salud emocional es esencial expresar nuestras emociones en libertad. Ya sean de plenitud, alegría y satisfacción o de tristeza, frustración y rabia. Lo importante es dejar que fluyan, para poder vivir lo que venga más adelante plenamente. Sino llegará un momento en que debajo de la manta ya no quepa más porquería y tengamos una explosión que si que dejará descolocados a los que nos rodean.

Los padres y educadores debemos hacer un esfuerzo consciente por ofrecerle a nuestros pequeños retoños la seguridad y confianza necesaria para que puedan «desnudar» sus emociones y mostrar su cara más fea sin miedo a perder nuestro amor. 

Si es algo nuevo que la familia decide empezar a practicar seguramente tendrá mucho que llorar y patalear, por ello desde aquí os mando no solo todo mi apoyo y energía positiva sino también algunas pautas de cómo acompañar este proceso para que sea realmente eficaz y vosotros podáis llevarlo con templanza y entereza.

Lo que sigue a continuación es un pequeño resumen de la colección de libritos de Patty Wipfler (handinhand nurturing the parent-child connection), una experta en cómo aplicar la herramienta de la coescucha a la infancia.

¡No tiene desperdicio! Espero que os sirva.

Cuando nuestro hijo comienza a llorar o a patalear descubrimos que el querer y criar a un niño es una tarea compleja hasta para el adulto más fuerte. La ayuda es escasa y tratamos de funcionar entre mucho trabajo, poco tiempo y el constante llamado de nuestros hijos. Puede ser que su llanto despierte sentimientos en nosotros de enfado, preocupación, cansancio, exasperación y por no sentirlos tratemos de que se calle con todas las artimañas que se nos ocurren en el momento. A menudo creemos que detener el llanto supone acabar con el dolor, pero no es así.

A veces el dolor no desaparece parando el llanto, puede que el niño se calle pero sigue triste. Un cambio simple pero significativo en lo que hacemos cuando nuestros niños empiezan a llorar puede causar un gran alivio en el centro mismo de sus tensiones. Si le escuchamos y nos acercamos sin interrumpir sus lágrimas, el niño llorará hasta resolver su tristeza. El llanto cura la herida. Si le permitimos mostrar su dolor no solo se hará más fuerte y seguro de sí mismo, también se reforzará nuestra relación y aumentará su confianza en nosotros. Solo hay que mantenerse cerca, ofreciéndole el apoyo que necesita para resurgir lleno de confidencia y esperanza cuando termine de mostrar lo que siente.

El llanto y los berrinches son procesos naturales de recuperación, el niño llora, patalea, forcejea para expulsar fuera sus sentimientos dolorosos y así tener espacio para disfrutar plenamente de la vida. Al permanecer con él, le estamos dando una sensación de apoyo y de cuidado en su peor rato. Desde su punto de vista su vida se está derrumbando y tú estas allí, junto a él, compartiendo su amargura. Una vez que haya expulsado su tristeza, o su rabia, volverá a la vida renovado. Su confianza, esperanza e inteligencia vuelven a funcionar, permitiéndole aprender y amar de nuevo.

Este proceso de recuperación -llorar hasta desahogar el dolor- es algo natural, es la  manera en que piden ayuda en los momentos difíciles. Y a veces son pequeños incidentes los que abren la puerta a sentimientos más grandes. Si durante toda la tarde su hermana no le dejó jugar con ella «¡Tú no juegas vete!» y en la merienda el pan está en triangulitos cuando él lo quería en rectángulos puede que se arranque a llorar desconsolado, el pan en triangulitos ha sido la gota que colma el vaso y necesita llorar para recuperarse de la frustración, tristeza y enfado acumulados durante toda la tarde. A veces cuando termine de llorar podrá decirnos qué es lo que le causó tanto dolor, otras simplemente se dispondrá a jugar sin decir nada. No es necesario saber la causa, es suficiente con que estemos allí y les escuchemos.

A menudo los niños eligen los ratos felices de cercanía para mostrarnos sus pesares. Lo que están haciendo es aprovechar la sensación extra de seguridad y cercanía que adquirieron durante el día para trabajar sus asuntos pendientes.

Consejos prácticos:

– Quédate con él pero no trates de calmarlo. Un berrinche viene con ruido y movimiento. Necesita rabiar y retorcerse para deshacerse de la frustración. Vuestra misión es protegerlo para que no se golpee con nada, no rompa nada ni agreda a nadie, ya que luego lo puede lamentar.

– Si está en un lugar público, quizás sea mejor llevarle al coche o a un lugar protegido para que haga su desahogo.

– Resuelve cualquier situación física dañina y retira cualquier peligro real (si se ha caído levantarle, si está en medio de otros niños que pudieran golpearle, o hay algún palo a mano…)

– No trates de hacerle razonar en esos momentos. Guárdate tu propio malestar y consejos pues solo complicará sus propios esfuerzos por entender lo que le ha sucedido a él.

 Acércate al niño, abrazándolo con cariño y haciendo contacto visual. Que pueda mirarte a los ojos si lo desea. Las caricias, las palabras de amor como «estoy contigo», «entiendo como te sientes» o «te quiero mucho» harán que se sienta querido incluso en sus peores momentos. Hay un cuento muy bonito sobre esto y que recomiendo encarecidamente para hablar con nuestros hijos de este tema, se llama «Siempre te querré pequeñín».

– Despacio y sin prisas, invítale a contarte lo que siente. No insistiendo en una respuesta particular. Cuando más profundo sea el sentimiento más difícil será hablar de él. Puedes decirle que quieres entender lo que pasó y luego confórmate con lo que quiera y pueda explicar.

– No juzgues lo que el niño siente. En vez de «no deberías estar triste por eso» o «eso es una tontería» puedes cambiarlas por «Siento que estés triste» o «voy a estar junto a tí mientras pasas este rato difícil». Puede que diga cosas horribles, que suelte su lengua y diga que no  te quiere o cosas por el estilo. No te lo tomes como un ataque personal ni te creas sus palabras. Puedes escucharlas, pero sin dejar que te afecten. Lo que el niño dice en esos momentos amargos es solo el dolor que ahora trata de expulsar.

– Dale suficiente tiempo para que llore. Cuanto más protegido se sienta, mejor podrá mostrar lo que siente y más profunda será su sensación de bienestar y alivio cuando termine.

– Puede que el niño necesite dormir después. El sueño profundo le da al niño tiempo y paz para formarse una perspectiva más racional que la que su dolor le había permitido. Si al despertar continúa, alégrate, pues quiere decir que está soltando una carga muy pesada de su mente y de su corazón.

– Espera encontrar más flexibilidad, ideas, cariño y creatividad en su niño después de haberlo escuchado atentamente en sus momentos más frágiles.

El escuchar a un niño es un acto sencillo y muy beneficioso, pero no es fácil especialmente si es tu hijo. Las fuertes emociones de nuestros niños despiertan las nuestras. Por eso es muy recomendable que los papás también tengamos a alguien que escuche nuestros pensamientos y sentires. Al poder hablar con alguien sobre qué cansados y tristes estamos, desarrollaremos más paciencia para con nuestros hijos cuando traten de expulsar sus sentimientos dolorosos.

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